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El Misterio de la Iglesia es el núcleo Central de la experiencia de Francisco Palau. Su espiritualidad eclesiocéntrica tiene como idea fuerza la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. En su vivencia del Misterio,la presencia de Cristo Cabeza, unido a sus miembros es algo único, unitario y vital ya que "una sola es su cabeza y uno solo el Espíritu que la vivifica".

En la unión entre Cristo y su Cuerpo, Francisco vislumbra la unidad del doble precepto del amor: "el objeto de nuestro amor es Dios y los prójimos constituyendo en Cristo cabeza una sola cosa que es su Iglesia, imagen viva y acabada de Dios Trino y Uno".

¿Qué es la Iglesia? Acerquémonos al Concilio Vaticano II

Como todos los miembros del cuerpo humano, aunque sean muchos, constituyen un cuerpo, así los fieles en Cristo (cf. 1Cor., 12,12). También en la constitución del cuerpo de Cristo hay variedad de miembros y de ministerios. Uno mismo es el Espíritu que distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia, según sus riquezas y la diversidad de los ministerios (cf. 1Cor., 12,1-11). Entre todos estos dones sobresale la gracia de los apóstoles, a cuya autoridad subordina el mismo Espíritu incluso a los carismáticos (cf. 1Cor., 14). Unificando el cuerpo, el mismo Espíritu por sí y con su virtud y por la interna conexión de los miembros, produce y urge la caridad entre los fieles. Por tanto, si un miembro tiene un sufrimiento, todos los miembros sufren con el; o si un miembro es honrado, gozan juntamente todos los miembros (cf. 1Cor., 12,26).

La cabeza de este cuerpo es Cristo. El es la imagen del Dios invisible, y en El fueron creadas todas las cosas.. El es antes que todos, y todo subsiste en El. El es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia. El es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas (cf. Col., 1,5-18). El domina con la excelsa grandeza de su poder los cielos y la tierra y lleva de riquezas con su eminente perfección y su obra todo el cuerpo de su gloria (cf. Ef., 1,18-23).

Es necesario que todos los miembros se asemejen a El hasta que Cristo quede formado en ellos (cf. Gal., 4,19). Por eso somos asumidos en los misterios de su vida, conformes con El, consepultados y resucitados juntamente con El, hasta que reinemos con El (cf. Fil., 3,21; 2Tim., 2,11; Ef., 2,6; Col., 2,12 etc). Peregrinos todavía sobre la tierra siguiendo sus huellas en el sufrimiento y en la persecución, nos unimos a sus dolores como el cuerpo a la Cabeza, padeciendo con El, para ser con Él glorificados (cf. Rom., 8,17).

Visita: Lumen Gentium: Vaticano II

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