Carmelitas Misioneras - Medellín

 

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Yo os aseguro: si alguno guarda mi Palabra,
no verá la muerte jamás"
Jn. 8,51

Nuestra hermana, MARGARITA MARÍA FLÓREZ MEJÍA (de Jesús), ha llegado al encuentro con el Señor, en esta última semana del tiempo de Pascua; sí, ha resucitado, y desde este gozo, seguirá animando nuestra vivencia vocacional y carismática, como Carmelitas Misioneras.


Nació en Jardín (Antioquia) el 17 de octubre en 1924, en el seno de una familia profundamente católica, formada por Fabriciano Flórez y Agripina Mejía, sus padres, y numerosos hermanos. Profesó en nuestra Congregación el día 28 de julio de 1950 y en su andadura como discípula y misionera, se destacó por su gran disponibilidad para seguir al Señor allí donde la Divina Providencia la llevase.


Vivió en las comunidades de: Une, Barbacoas, Yolombó, Medellín, Dabeiba, Carolina, Sabaneta, Turbo, Segovia, Arauquita, Coimbra, Cartagena, San Antonio de Prado, Bucaramanga y Monte Carmelo, donde se encontraba en el momento de la muerte, siendo cuidada con esmero, en una larga enfermedad, por sus hermanas de comunidad.


La vida de Margarita se caracterizó por una vocación fortalecida en la fe, vivida con el gozo y la alegría que da la esperanza en el Señor, por el agradecimiento a Dios y a las hermanas, aún en lo más pequeño; por una actitud positiva que contagiaba a las demás y unas buenas relaciones humanas.


Su lectura preferida y única durante la enfermedad fue la Biblia y gustaba transmitirla, como buena maestra, a quienes se acercaban a ella. La liturgia llenó su corazón. Hasta el último día recitó los salmos.


Mostró siempre un gran amor a nuestro Padre Fundador y a la Congregación a quien entregó todo como hija fiel, sorteando las dificultades que en algún momento se le presentaron, con nobleza y sin resentimientos. Su espíritu carmelitano y profundamente misionero, fue solícito y generoso en las tareas apostólicas que se le confiaron, así como en los servicios provinciales.


La Reina y Madre del Carmelo, fue su guía y maestra. A ella encomendaba de modo particular las vocaciones al Carmelo Misionero. Amó a su familia a quien recordaba siempre en la oración. Se mostraba feliz con sus hermanos y sobrinos.


Gracias Margarita por lo que nos dejas de paz, de serenidad, de gratuidad y de alegría para saber vivir el momento de la enfermedad y la ancianidad, acogiendo la voluntad de Dios.

 
 
 

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